Estoy en la playa observando una cosa:
Cómo se va la gente.
No cómo llega.
Cómo se va.
Llevo un rato fijándome y empiezo a sospechar que no existe una manera digna de abandonar una playa.
La primera señal siempre es la misma. Miran el móvil, miran el cielo y se miran los pies llenos de arena.
No falla. Todo el mundo sigue ese patrón.
Luego ya hay algunas variaciones. Puede ser un:
– Bueno, pues nos vamos.
O un:
– Aún tenemos que x.
Sustituye x por una tarea doméstica, una tarea de cuidado personal, una responsabilidad paterno/animal/filial.
Lo interesante es que nadie se va. Las frases no describen una acción. Describen el inicio de un proceso. A partir de ahí empieza algo.
Un protocolo de emergencia.
Las toallas se sacuden. Las sombrillas se pliegan. Aparecen bolsas. Muchas bolsas.
No recuerdo haber visto tantas bolsas al llegar.
Una mujer busca unas gafas.
Un niño una pala.
Un hombre transporta una nevera, dos sillas y una mochila utilizando únicamente los antebrazos y la desesperación.
Nadie parece preparado para la cantidad de cosas que posee.
Hay una familia lleva veinte minutos yéndose.
Otra, treinta.
Una pareja ha conseguido recogerlo todo y aun así sigue aquí buscando algo.
Igual no buscan nada, solo están cumpliendo el protocolo.
Llegar es elegante. Épico.
La gente estudia el terreno. Hincha el pecho. Busca orientación. Valora sombras. Extiende las toallas con cuidado.
Algunos incluso señalan un punto concreto de arena y dicen:
– Aquí.
Colonizan.
Irse se parece más a perder una guerra. La playa entera está llena de derrotados cargando objetos.
Miro alrededor. Empiezo a sentir cierta superioridad científica. Conozco los errores. Las miserias humanas en este proceso.
Cuando llegue el momento me levantaré tranquilamente. Recogeré mis cosas. Me marcharé.
Sin drama.
Sin urgencias.
Sin convertirme en una de esas personas.
Entonces alguien dice:
– Bueno, pues nos vamos.
Somos nosotros. Y ocurre.
La botella ya no está donde estaba.
Las chanclas tampoco.
La toalla tiene arena suficiente para construir otra playa.
Aparecen objetos que no recuerdo haber traído.
Empiezo a meter cosas en una bolsa sin ningún criterio.
Busco el móvil.
Luego las llaves.
Luego vuelvo a buscar el móvil.
El tenderete no se pliega.
El carromato pesa más que hace tres horas.
Estoy sudando. Me vuelvo a quitar la camiseta.
Se me cae. Se llena de arena.
Tengo prisa.
Tengo hambre.
Quiero ducharme.
Quiero irme.
Miro alrededor.
Cojo las cosas.
Huyo.