Naranjas

Ese fue el consejo que me dio mi suegra el día antes de mudarme a Madrid. Lo dijo con la misma naturalidad con la que ofrecía nísperos o pedía subir el volumen de la tele.

Durante un segundo dudé.

¿Y si era verdad?

Pero enseguida me defendí. Elche no es un pueblo: tiene más de doscientos mil habitantes y yo soy del mismísimo centro.

Olvidé el comentario y me adapté rápido a la vida en la capital. Me instalé en un piso compartido con un italiano, un granadino, un austriaco y yo, de Elche. aunque no se me notara.

A los pocos días parecía que llevaba allí toda la vida. Quizá hice algún transbordo de metro innecesario. Tal vez me detuve demasiado frente a las estatuas humanas. Salir con Converse los días de lluvia helada tampoco ayudaba. Pero, en general, todo iba bien.

Hasta que un compañero del despacho apareció una mañana con tomates de su pueblo.

Aquello despertó algo en mí.

El viernes bajé a Elche con una maleta vacía. Hice lo que hace la gente cuando viaja a Nueva York y vuelve cargada de ropa, pero yo con cítricos.

Carretilla en mano recorrí con mis suegros todo el campo eligiendo los árboles con la fruta más hermosa.

La maleta se quedó pequeña.

Añadió una mochila y dos bolsas grandes del Lidl. Cuando terminé de cargarlo todo calculé que llevaba unos setenta kilos de fruta.

El domingo regresé a Madrid en blablacar.

Hay algo muy triste en los viajes de vuelta en coche compartido: invierno, lluvia, noche, desconocidos, cinco horas por delante y el lunes esperando al final del trayecto.

La melancolía se impregna en el aire.

Me dejaron en Neptuno a las 11 de la noche.

A veinte minutos de casa.

Caminaba entre turistas, borrachos y repartidores de flyers cuando, al cruzar la Puerta del Sol, comprendí que no era el único que estaba al límite.

Una de las bolsas se abrió por la base.

Las naranjas salieron rodando por el kilómetro cero. Cada una en una dirección.

Una por aquí.

Otra debajo de un coche.

Corrían como si tuvieran ganas de escapar.

Me quedé unos segundos inmóvil, sosteniendo la bolsa vacía.

Intenté cerrarla con un nudo. Fue inútil. Cuando una bolsa decide rendirse, no hay negociación posible.

Con la mochila en la espalda, la maleta en una mano y la otra bolsa colgando de la muñeca, intenté recoger las naranjas.

Cogía dos del suelo, me agachaba a por otras dos y se me caían las primeras.

Atrapaba una.

Huían dos.

Cogía tres.

Caían dos.

Un movimiento absurdo, circular, como en esos sueños en los que intentas pelearte con alguien y tus brazos no tienen fuerza.

Entonces escuché en mi cabeza:

Gracia, suegra.

Debí de parecer tan desorientado que una mujer y su hija se acercaron a ayudarme.

La mujer me miró con una mezcla de compasión y prudencia. Vació su bolsa de El Corte Inglés y me la ofreció. Entre los tres recogimos las naranjas.

Curiosamente, a ellas no se les caía ninguna.

No insistí más.

Llegué a casa agotado y me acosté de espaldas a las naranjas.

A la mañana siguiente salí temprano, cargado otra vez con maleta, mochila y bolsas. El metro estaba extrañamente lleno.

Subí escaleras.

Sudé.

Subí más escaleras.

Chopé todavía más.

Cuando por fin llegué a la agencia, llamé al ascensor con la camisa pegada a la espalda.

Justo entonces aparecieron mis jefes.

Todavía no me conocían.

Miraron las bolsas.

Miraron mi espalda.

Silencio.

Los nueve pisos duraron una eternidad.

Llegué a mi mesa. No había nadie.

Encendí el ordenador y entonces lo entendí: había llegado una hora y media antes de mi hora de entrada.

Me quedé mirando las naranjas.

Me despegué la camiseta de las escápulas.

Sí.

Se me nota.

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