Gel

Gel

Estoy jodido porque me encuentro mejor que nunca.

Estoy en la ducha.

El agua caliente en la espalda. Me inclino para coger el gel.

No pasa nada.

Me quedo un segundo así, doblado, esperando.

Nada.

Me incorporo despacio.

Ni latigazo. Ni aviso en la lumbar.

Me inclino otra vez. Un poco más. Me quedo ahí abajo, aguantando.

Nada.

Qué asco.

Me incorporo.

Qué gusto el agua.
Y qué rabia.

Me enjabono despacio.

Disfrutando el momento.
Maldiciendo el momento.

Claro.

Me aclaro.

Me giro. Dejo que el agua me dé otra vez en la espalda. Me giro bruscamente. Antes aquí había topete. Un aviso. Una presencia. Ahora no.

Me seco sin pensar en cómo hacerlo. Antes tenía un cómo: giro limitado, rodilla, apoyo. Ahora me seco normal. Y eso es humillante.

Me miro en el espejo. Un segundo.

Hay algo colocado.

No estoy más guapo. Estoy más ordenado.

No tengo ese aspecto de persona que lleva media hora despierta y ya echa de menos estar tumbada.

No debería estar así.

Me agacho a por los calcetines. De pie. El primero. De pie. El segundo.

Sí.

Esto no era mío.

Bajo a la calle.
Tiro el reciclaje.
Me queda energía.
Compro el pan.
Me queda energía.
Farmacia. Tintorería.

Me bajo a pasear al río. Sin resoplar. A gusto. Sin pausa. Sin ese momento entre cosa y cosa para pensar qué otra desgracia me estaba pasando.

He perdido la mística.

Antes me interesaba por Baudelaire.
Ahora pienso en el glúteo medio.

¿Y dormir? Yo pensaba que dormía. No. Me desmayaba ocho horas.

Ahora duermo.
Me levanto.
Y ya.

Me jode.

Tenían razón.

Lo mío eran problemas profundos. Intelectuales. Con capas.
Algo imposible de solucionar con un simple cliché.

Qué asco, tenían razón.

Me encuentro con Perico.

Él hace una mueca, ojeroso me dice:

Asiento.
Lo entiendo perfectamente.

Silencio.

Me viene.

No lo puedo aguantar.

Ya está aquí.

Me mira.

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