Cerveza

Cerveza

Juan Fran es, en teoría, un amigo.

En la práctica, funciona más como un guía turístico sin licencia. Tiene una especialidad: vender planes por Nurëmberg. Los vende bien. Demasiado bien.

Cuando explica lo que vamos a hacer se le pone cara de dictador norcoreano acariciando el botón rojo. No te da a elegir. Te lo impone. Pero siempre remata con una frase seductora, como un italiano en la playa del Carabassí.

Vali, la mujer de Juanfran, miró hacia un lado. Cristina se encogió de hombros.

No habían pasado ni 39 segundos y estábamos subiendo una cuesta que requería pies de gato y arnés. Pero sin pies de gato ni arnés.

Ni siquiera se giró.

El falso llano es el producto estrella del catálogo de Juan Fran.

Todo es falso llano.

Subidas del 20%.
Falso llano.
Escaleras infinitas.
Falso llano.
Una montaña escarpada.
Falso llano.

Seguimos caminando.

La cuesta no negociaba.

Lea, hija de ellos, y León, hijo nuestro tampoco: había que llevarlos en el carro. En momentos así agradezco profundamente mi rotura de meñique de hace cuatro meses.

Él tiraba del carro.

Juan Fran se giró un momento, sonriendo como un agente inmobiliario enseñando un piso con humedades.

Es otra de sus frases.

Tiene varias.
“La cerveza luego sabe mejor.”
La cerveza está demasiado lejos.
«Luego se suaviza».
Nunca se suaviza.
“Ya casi estamos.”
Nunca estamos.

A los diez minutos ya no hablábamos.

Solo caminábamos. En silencio. Ese silencio que aparece cuando un grupo empieza a sospechar que ha sido estafado.

Pero Juan Fran se las sabe todas.

A mí no me convence, estoy en plan detox, solo tomo sin alcohol. Pero a Vali y a Cristina les vale.

La cerveza funciona como una amnistía temporal.

“Nada”, en el sistema métrico de Juan Fran, significa aproximadamente dos cuestas más y un pequeño colapso cardiovascular.

Seguimos subiendo.

Cada vez que parecía que la pendiente terminaba, el camino giraba un poco y aparecía otra. Yo notaba músculos desconocidos, como si se me estuvieran apimpollando los glúteos.

Seguimos caminando.

Otra cuesta.
Luego otra.
En un momento dado dejamos de protestar.
Cuando ya no te queda aire, tampoco te queda sarcasmo.

Solo caminas.

Y subes.

Y subes.

Y justo cuando estás a punto de mandarle a la mierda, te sienta en otra terraza.
Y pide otra cerveza.
Y lo perdonas.

Luego vuelven las cuestas.
Más frío.
Más subida.
Más falso llano.

Pero al final llegamos. Nos sentamos. Pedimos las últimas cervezas. Todo se veía perfecto desde el final. Vali dio un trago. Cristina también.

Y era verdad. Después de tantas cuestas… La cerveza sabía mejor. Incluso la sin alcohol.

Juan Fran sonrió.
Y entonces entendí algo:

Las cuestas no eran un error del plan.

Eran el plan.

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