Hay una carta en la zona común del buzón.
No es para mí.
No pone mi nombre.
No pone el nombre de nadie que reconozca en el edificio.
Lleva dos días ahí, apoyada, como esperando a que alguien haga algo.
La cojo. La miro lo justo. La meto en un buzón cualquiera. Sin mirar.
Ya está.
Al día siguiente vuelve a estar en la zona común.
No exactamente en el mismo sitio.
Un poco más a la izquierda.
Como si alguien la hubiera movido sin llevársela.
La vuelvo a coger. Esta vez miro los buzones un segundo más. Evito el mismo. La meto en el buzón de arriba.
Es una señora mayor que vive sola.
Al día siguiente vuelve a la zona común.
Tiene una pequeña mancha en la parte de atrás.
Parece de guiso.
La meto en el buzón de abajo.
Una familia siempre a la gresca.
Ese día hay un 25% menos de gritos.
Pero vuelve. Una esquina rota, la otra doblada.
Me decidí a colarla en el buzón de mi vecina de enfrente.
Una chica que prefiere no saludar.
Salvo la tele a tope no da ninguna muestra más de vida.
Ayer vinieron a verla dos amigas. Se rieron mucho.
La carta vuelve. Ahora la meto en el buzón de mi tía. Vive en el primero.
Al día siguiente la encuentro en la zona común.
Con la esquina planchada y la mancha más clara.
No me quedan más buzones.
Fantaseo con la idea de llevarla a otro a edificio.
La miro.
La pillo.
Me la subo a casa.
La dejo encima de la mesa.
No la abro. No la toco.
Hoy mi hijo ha dormido solo.
Toda la noche.