Estoy hablando con un padre del cole en un parque de bolas.
– ¿Una cerveza?
– Sin alcohol.
– Ah.
Hace ese “ah” corto de la gente que intenta recalcularte sin que se note. Le da un trago a la cerveza.
– ¿Llevas mucho?
– Casi tres meses.
Me doy pereza a mí mismo inmediatamente. Últimamente siento que mi personalidad se ha reducido a esto. Antes tenía temas: música, cine, los hormigueros actúan como súper organismos inteligentes.
Ahora, a los tres minutos de conversación me veo explicando que la cerveza sin alcohol está muy conseguida.
Detrás de nosotros un animador disfrazado de cocodrilo baila mientras hace playback. El altavoz solo emite agudos. Hay niños que tienen miedo. Otros pasan.
El padre asiente.
– Tengo un amigo que también está sin beber y tal.
Las palabras “y tal” me golpean. «Y tal» ¿qué? ¿qué pasa?.
Sigue hablando mientras yo miro que mi hijo está de portero ante dos niños con el cuádriceps de Roberto Carlos.
Qué manía tiene con querer ser portero.
– Lo dejó también de golpe. Y al principio bien, pero luego empezó a desaparecer.
Asiento.
– Dejó de quedarse hasta el final.
Asiento otra vez.
– Decía que a cierta hora ya nadie le pillaba los chistes y se iba a casa.
Lo miro un segundo.
Eso se lo dije yo hace un mes. Literalmente así.
Se lo dije en el ultimo cumpleaños: un parque de bolas tematizado de piratas y princesas.
Una niña pasa corriendo y me tira medio cuenco de gusanitos encima. Se me quedan microfragmentos de gusanito enganchados en las piernas.
El padre sigue.
–Y luego además empezó a rayarse porque sentía que ya solo hablaba de eso.
Perfecto.
Me está contando directamente mi propia conversación como si fuera una anécdota de otra persona.
No sé qué me molesta más: que no se acuerde o que quizá empiece a acordarse ahora y se invente una bola para hacerme sentir acompañado.
Mi hijo acaba de recibir un balonazo. Se gira buscándome. Como no me ve, no llora.
El padre da otro trago.
– Pero bueno. Ahora está mejor.
Asiento.
Empiezo a intentar detectar si realmente sabe lo que está haciendo.
Si me mira demasiado.
Si espera alguna reacción concreta.
Si está aguantándose la risa.
Si cree que no me estoy dando cuenta.
Al fondo empiezan a cantar cumpleaños feliz aunque la mitad de niños están por llegar.
Todo da igual.
Entonces dice:
– Lo peor fue la despedida.
– ¿Cómo? – toso, casi me ahogo.
– Que dejó de ir a una despedida de soltero por no beber. Encima tenía que leer en la boda.
Esto ya empieza a no hacerme gracia, le pregunto:
– ¿Dónde fue?
– En Logroño.
Noto una cosa pequeña y rarísima:
Alivio.
Porque no era yo del que hablaba.
Y decepción:
Porque empezaba a serlo.